II Centenario del primer café que hubo en Sevilla

ABC de Sevilla, 27 junio 1958

Por SANTIAGO MONTOTO
C. de la Real Academia Española


Patio del que fué "Café del Turco"

Puesto que está muy en boga la celebración de los centenarios, quiero recordar que en este año (1958) se cumplen dos siglos de la inauguración del primer café que hubo en Sevilla, el cual alcanzó tanta aceptación por el público que bien pronto surgieron por las calles del centro de la ciudad otros establecimientos análogos que le disputaron el favor de la clientela, o, mejor dicho, los ochavos que dejaba el negocio, que por inusitado atraía numerosísimos parroquianos. ¿Cuándo no plació lo nuevo al soberano vulgo?.

Sevilla fué, desde 1758, ciudad de muchos y buenos establecimientos para beber café, que bien pronto se convirtieron en lugares de esparcimiento, en punto de reunión de amistades, en mentideros, en centros de negocios, en logias, clubs y conciliábulos políticos, en tertulias de gentes de letras y en descansaderos de gente desocupada, léase vagos y caballeros de industria.

Fachada del "Café de los Emperadores", hoy desaparecido.

Mucha de la historia política de Sevilla se hizo en los cafés, y su desenvolvimiento social y político podría estudiarse, mejor que en libros y papeles, en la vida que llevaron las tertulias de aquellos establecimientos, alrededor de cuyas mesas fraguaron los más importantes sucesos.

El primer café que hubo en la ciudad de la Giralda fué el que da origen a este articulo. Se fundó en el año de 1758 y su apertura supuso una señal del renacimiento de la población, del lujo que empezaba a extenderse en la clase media y de la aceptación de ciertas costumbres de países extranjeros. Este café se estableció frente a la Punta del Diamante: en la esquina de las antiguas calles de Génova y de la Mar, en unos soportales. En el establecimiento se expendía, a más del café, refrescos, esponjados, té y el delicioso soconusco, al que tan aficionados fueron nuestros abuelos.

Supongo que este café, en su traza y decoración; sería parecido al que nos pinta Moratín en "La Comedia Nueva", con sus mesas, su aparador, y, seguramente, con un camarero como Pipí, aficionado a leer papeles y al teatro.

Algunos años después de fundarse el café, cuyo nombre ignoro, surgió otro similar en la misma calle de Génova. Este se tituló de "San Fernando", y alcanzó larga y próspera vida, llegando hasta la restauración del "Deseado". Fué establecimiento de lujo, y en é1 se reunía la gente distinguida,... En la parte alta había una fonda, y en el patio, mesas donde se jugaba al ajedrez, al dominó y a las damas. Tenia honores de casino – en Sevilla en aquellas calendas no los había - y, entre otros alicientes, en determinados días de la semana se leía en voz alta para la clientela las noticias de la “Gaceta”. En los días de la ocupación de los franceses fué frecuentado por los patriotas, donde se urdió la defensa de la Patria.

La calle de Génova pareció destinada a alojar los primeros y más célebres cafés de antaño. En ella hubo uno que heredó la clientela del "San Fernando". Se llamó del ”Caballo Blanco", y alcanzó su apogeo por los años de l820 a 1826, época de gran efervescencia política. Fué el café más elegante del siglo pasado, donde se reunían los conspicuos personajes que paseaban por Sevilla, singularmente los políticos liberales como Alcalá Galiano, Ángel de Saavedra (luego duque de Rivas). Bartolomé José Gallardo y muchos de los diputados de las famosas Cortes que declararon la incapacidad de Fernando VII.

Otro café más hubo en esté paraje, de marcarlo carácter político, llamado de "La Paz", frecuentado casi exclusivamente por los patriotas, que a veces lo convertían en club. Y para terminar con los cafés que se abrieron en la antigua calle de Génova, citaré el de "Vista Alegre", que fué de los primeros cafés-conciertos que se vieron en Sevilla; pero éste, como otros de su género, no tuvieron gran aceptación.

En la calle principal de la Alcaicería Mayor, en la hoy denominada de Hernando Colón, registran las crónicas dos cafés de cierta nombradía, aunque no ciertamente por su lujo, comodidades y escogida clientela. Uno presentaba la originalidad de tener dos clases de tazas de café, y, por tanto, de diferentes precios, el más alto era el de la taza rebosada -valía un cuarto-, y el cliente aprovechaba el liquido que se vertía en el plato.

El otro café de la vieja Alcaicería ostentaba el pomposo nombre de "Julio César", y era, según leemos en la "Vida y milagros del magnífico caballero Don Nadie", un local oscuro, nauseabundo, punto de reunión de la gente maleante que lo ocupaba hasta las altas horas de la noche, y ya de -madrugada, el dueño, "'para librarse de los parroquianos que dormitaban, apoyando cada cual la cabeza sobre la desvencijada mesilla -no tenían casa, ni hogar, ni colchón-, encendía virutas mojadas en alquitrán y dispuestas en cazuelas que de trecho en trecho colocaba. Ardían las virutas, despidiendo nubes de espesísimo humo; enrarecíase la atmosfera; comenzaban a toser los durmientes; hacíaseles dificultosa la respiración, devolvían el perverso aguardiente y el vinote avinagrado que habían ingerido; faltábales el aire y se lanzaban a la calle para respirarlo a pleno pulmón. Entonces el dueño cerraba su café y... hasta el día siguiente. A esto llamaban "dar el humazo", frase que quedó en proverbio y expresa ardid o artimaña de que se vale quien quiere desembarazarse de compañía que le es enojosa".
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...