Abel Infanzón, como los Reyes Magos, existe


ABC, Sevilla 21 de Mayo de 1978


Como les adelanté el otro día, voy escribir de un hombre muy modesto y demostrado amante de la ciudad: de mi íntimo amigo Abel Infanzón, del que me honro en ser el descubridor, quien lo animó a escribir, quien le convenció para que mantuviese una sección en el periódico en torno a las cosas viejas y antiguas de Sevilla, así como de las nuevas, que decían las lejanas gacetas de Fabro Bremudán.

Tengo de entrada que deshacer el equívoco de que no soy Abel Infanzón. La otra tarde tuve que deshacerlo una vez más. En el homenaje a Juan Sierra, don Luis Toro Buiza estaba muy perplejo, como si no encontrara el colofón en un viejo libro sevillano:

—Burgos, la otra tarde un señor se me presentó como Abel Infanzón y no era usted, no tenia barba...

—¿No ve usted como Abel Infanzón existe y no soy yo, don Luis, que no le engaño?

Si, hay por ahí, según tengo entendido varios infanzones apócrifos, casi tantos como los infanzones de Illescas. Pero les voy a hablar del verdadero. Es un señor ya mayor, nacido en el barrio de la Feria, que trabajó y luchó mucho para sacar adelante una numerosa familia. A pesar de ello, consumió sus mejores ocios en la lectura y el paseo por la ciudad. Ahora Abel debe andar por los setenta y tantos años, y está ya jubilado de su puesto administrativo en Hacienda.

Vive en la nueva Triana, en los pisos de los agentes comerciales, con un hijo suyo, que ejerce esa profesión. Viudo, Abel pasa sus horas paseando por Sevilla y buceando en su reducida, pero fundamental biblioteca de temas sevillanos. O poniéndose al día, porque, como Azorín, no ha perdido aún la juvenil curiosidad. 

Yo no solamente lo veo cuando viene al periódico a entregarme sus originales para que mande ilustrárselos, sino que me lo encuentro muchos domingos en la cola de los multicines de la Alameda, a ver buen cine francés o italiano, ya que nos une nuestro culto por Visconti. También me lo encuentro muchas mañanas por las librerías, en Sanz o en Lorenzo Blanco, con lo último que han editado en Barcelona los arquitectos progres. O en el jueves, hojeando los montones de viejos libros y revista, a la busca de la perdida Sevilla de la Exposición.

Creo que con este retrato de urgencia tienen un conocimiento bastante aproximado de quién es Abel Infanzón. A ver si le animo a que en su sección dé una fotografía suya, para que vean sus lectores que existe. Lo que pasa es que es muy modesto. Y como encima se llama como un poeta apócrifo de Machado... Si, lo habrán leído en Don Antonio, junto con su galería de Andrés Santayana, José Mantecón del Palacio, Lope Robledo y el gaditano José María Torres. Según Machado, el otro Abel Infanzón nació en Sevilla en 1825 y murió en París en 1857, un año antes de la revolución septembrina. Este otro Infanzón escribió aquello de: «Dadme una Sevilla vieja / donde se dormía el tiempo, / con palacios, con jardines, / bajo un azul de convento».

Incluso hay un tercer Infanzón, que confunde aún más al nuestro: Abel Infanzón, secretario del Colegio de Abogados de Sevilla, personaje prestigioso en los viejos tiempos curiales hispalenses.

Pero, ya les digo, Abel Infanzón no soy yo, sino este jubilado de Hacienda que les he presentado. Lo que ocurre es que Abel Infanzón, como los Reyes Magos, existe. Aquí hemos visto al menos tres Infanzones. A usted le habrán presentado otros tantos. Como decía Muñoz Seca, para salvar a Sevilla seis infanzones son pocos. Hacen falta más infanzones.


BURGOS
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